Marina González Guerreiro expone ‘La espera, el fluido, la medida’ en la Galería Rosa Santos de Valencia

Marina González Guerreiro expone ‘La espera, el fluido, la medida’ en la Galería Rosa Santos de Valencia

Hasta el 13 febrero, 2026

Como fuerzas opuestas en equilibrio, así se define el territorio creativo de Marina González Guerreiro: precariedad y preciosismo, reutilización y construcción, memoria y anticipación. En su trabajo, lo bello no reside en la perfección estética, sino en la huella y en la materia que resiste el paso del tiempo.

González Guerreiro articula su práctica desde estas coordenadas —componer con lo hallado, hacer visible el deterioro y construir con las manos sin borrar su rastro—. Los residuos, lo humilde y lo olvidado se convierten en portadores de una coexistencia pasada, presente y futura.

Sus instalaciones se conforman por acumulación, como un archivo-escenografía en proceso. Un gesto conduce al siguiente en un juego contenido y preciso. Los materiales —plásticos, metales, cuerdas, cerámicas, residuos orgánicos (palos, hojas, flores, semillas)— conviven con objetos que evocan ruedas, veletas, relojes, plomadas o contenedores de agua. Con ellos construye una naturaleza idealizada, atravesada por referencias a lo doméstico y a lo sagrado. Las flores silvestres sugieren la ofrenda y la relación con lo efímero. El agua remite al gesto de purificar y al símbolo del flujo.

Si bien La espera, el fluido, la medida nos aproxima a una ecología que celebra la fragilidad del tiempo, el agua trasciende su condición de medio.

La espera
En el taller de González Guerreiro, los objetos se acumulan en cajas: cuerdas, hilos, ramas, flores, cuencos y envases. Materias humildes que reposan cuidadas, aguardando su transformación. El estudio funciona como archivo, laboratorio y refugio. Allí, los residuos encuentran su redención.

Esperar no significa dilatar el tiempo, sino habitarlo. La espera se convierte en práctica ética: mirar lo que otros descartan y dignificar la materia “fuera de lugar”. Cada fragmento conserva su historia y su tiempo visible. En esa atención paciente se revela el cuidado: una poética del reparar, recomponer y dejar que la materia hable por sí misma.

El fluido
Manantial, charco, torrente, gota o estanque: en cada forma, el agua marca un ritmo propio. Se manifiesta como materia que fluye y se hace permanente en su repetición, retornando y reconfigurando el espacio que atraviesa.

Sus piezas-recipiente —benditeras, pozos de deseo, tinajas— contienen o permiten el paso del agua. Son ensayos frente a aquello que fluye o se evapora. Evidencian que toda medida es provisional y que cualquier intento de control sobre el tiempo es ilusorio. El agua funciona como filosofía de la relación: fluida, porosa e interdependiente.

La medida
González Guerreiro interviene artefactos —ruedas, clepsidras— mostrando límites en su exactitud. Intentar medir lo inasible —anudando, pasando cuentas— revela la fragilidad del control y convierte la atención y la contemplación en el medio que permite relacionarse con la obra y con el ritmo que impone la materia.

Susana González

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