Censurada en Times Square la obra de Natividad Navalón.

Censurada en Times Square la obra de Natividad Navalón.

No deja de resultar paradójico que el gobierno republicano de Donald Trump haya censurado en Times Square la obra de Natividad Navalón, una creación que denuncia la violencia y los abusos machistas, alegando como motivo un supuesto «contenido inapropiado» porque «muestra demasiado la parte trasera de la persona».

Al mismo tiempo, esa misma Administración, dirigida por Trump desde una política convertida en espectáculo permanente, ha sido capaz de desestabilizar regiones enteras mediante una política exterior de alianzas y confrontaciones marcada por evidentes contradicciones. Resulta difícil comprender que se estrechen relaciones estratégicas con Marruecos, un Estado de mayoría musulmana, mientras se justifiquen acciones militares contra Irán apelando, entre otros argumentos, a razones culturales o religiosas igualmente vinculadas al islam.

Todo ello pone de manifiesto que el arte nunca es ajeno a la política. La censura de una obra artística no constituye un hecho aislado, sino un síntoma de una determinada concepción del poder y del espacio público. Allí donde una imagen que denuncia la violencia de género es considerada ofensiva, mientras se normalizan discursos de confrontación o decisiones con graves consecuencias humanitarias, la verdadera obscenidad deja de residir en la representación artística para instalarse en la propia acción política.

Trump convierte en pornografía todo aquello que observa, porque reduce el discurso público a un espectáculo obsceno, grotesco e hiperbólico, donde la provocación sustituye al razonamiento, el escándalo reemplaza al diálogo y la satisfacción narcisista prevalece sobre la búsqueda de consensos.

La censura de la obra de Natividad Navalón evidencia, precisamente, esa inversión de valores: aquello que interpela a la conciencia colectiva se considera intolerable, mientras la exhibición del poder, la polarización y la violencia simbólica se presentan como formas legítimas de comunicación política.

La pregunta, por tanto, permanece abierta: ¿Quién censura a la censura?

Por: Joan J. Soler Navarro. Presidente de AVCA. Asociación Valenciana de Críticos de Arte. Historiador y Crítico de Arte. Doctor Cum Laude en Ciencias Sociales y Jurídicas – Rama Arte Contemporáneo en la UMH de Elche. (Alicante). Doctorando de Creación Artística/Bellas Artes. Grupo Massiva del Centro de Investigación en Artes CíA de la UMH.

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